Adolfo Ariza: la palabra como último territorio
Adolfo Ariza, el narrador que convirtió la herida en palabra y la memoria en territorio narrado.
Por Fausto Pérez Villarreal
A finales del siglo pasado, cuando la violencia paramilitar arremetió a lo largo y ancho del departamento del Magdalena, pueblos como La Avianca dejaron de ser focos de crecimiento para acabar convertidos en ceniza. No había cámara que registrara el despojo ni cronista que tomara nota; solo quedaban los sobrevivientes con la memoria en carne viva. Entre ellos estaba Adolfo Ariza Navarro, nacido en ese corregimiento perteneciente a Pivijay, el 16 de febrero de 1962.
Periodista por oficio y poeta por impulso vital, Adolfo se marchó cargando en silencio sus pocas pertenencias, sus miedos y ese temblor que acompaña a quienes huyen con la certeza de que, si se quedan un segundo más, no vuelven a ver la luz.
Salir de La Avianca no fue una mudanza: fue un desgarro. El desplazamiento no solo le arrebató su casa; le quitó la noción del tiempo. Cuando uno pierde el territorio de la infancia, todo queda suspendido, como si la vida se rompiera en seco y empezara otra distinta, paralela, amputada. Eso lo entendió años después, cuando se atrevió a revisar el pasado con la distancia de quien sabe que recordar es, también, reabrir.
Durante mucho tiempo intentó narrar lo vivido. Probó cuentos, esbozó una novela, garabateó historias que rompía después de leerlas. Nada le funcionaba. Sentía que el dolor tenía un idioma que él todavía no conocía. Hasta que un día, sin proponérselo, apareció un verso. Y después otro. La poesía se convirtió en una grieta luminosa, la única forma capaz de contener lo que se le había quedado atorado en el alma. Ahí comenzó a escribir el libro que más tarde le daría sus primeros reconocimientos: un intento desesperado —y hermoso— por decir lo indecible.
Los caminos lo llevaron a Barranquilla, donde sobrevivió como pudo. Trabajó de taxista durante años, convertido en un nómada sobre ruedas. Allí escuchó historias nocturnas, confesiones bruscas, risas que ocultaban derrotas y amenazas disfrazadas de consejos. También sufrió un nuevo despojo: un hombre de cabello ceniciento, que decía pertenecer a un grupo armado, le arrebató la camioneta Luv 2300 con la que intentaba ganarse la vida. De ese episodio quedó una mezcla de rabia y lucidez que más tarde fermentaría en su literatura.
De esa experiencia híbrida —poeta desplazado, taxista en fuga, hombre que recoge su sombra con paciencia— nació ‘Mañana cuando encuentren mi cadáver’. Una novela en la que un hombre postrado, devastado física y espiritualmente, habla sin filtros porque ya no tiene nada que perder. Su voz es un torrente de confesión y derrota, atravesado por el eco de Delacroix, el biógrafo de Bolívar, quien también eligió la muerte antes que la humillación. Ese personaje, construido con retazos de vida propia y ajena, lo llevó a recibir, en 2009, el Premio Juan Rulfo de Novela Corta, uno de los reconocimientos más prestigiosos de su carrera. Este concurso internacional es organizado por Radio Francia Internacional, con el auspicio del Instituto de México en París, el Instituto Cervantes, la Casa de América Latina en París, el Colegio de España en París y Le Monde Diplomatique (España).
La obra de Adolfo, sin embargo, venía germinando mucho antes. Desde comienzos del año 2000 empezó a dejar huellas en el panorama de las letras: cuentos seleccionados, poemarios premiados, novelas que abrían caminos hacia territorios jamás contados desde dentro. Su voz tiene una mezcla poco frecuente de dureza y ternura, como si escribiera con una mano que ha conocido la intemperie y otra que todavía cree en la belleza.
A Adolfo lo conocí por intermedio del colega y amigo Fabio Ortiz Ribón. Fue él quien me lo presentó una mañana en la sede del diario gratuito ADN Barranquilla, donde yo trabajaba como redactor. Recuerdo que lo entrevisté sin imaginar que ese encuentro sería el inicio de una larga admiración. Tenía una manera de hablar pausada, como si caminara sobre una cuerda floja elaborada de recuerdos. Años después nos volvimos a cruzar, ya en otro plano, ambos como ganadores del Portafolio de Estímulos del Distrito de Barranquilla en 2017: él, en Literatura; yo, en Periodismo Cultural. Verlo recibir ese reconocimiento fue la confirmación de algo que ya sabía: su obra no necesitaba estridencias; crecía hacia adentro con la fuerza de las raíces que buscan agua en la tierra profunda.
Pero si hay un hilo que atraviesa toda su escritura, es el desplazamiento. No como lema ni discurso, sino como herida viva. Él no habla del desarraigo desde la distancia del observador: lo habla desde la cicatriz. Desde la nostalgia que enferma. Desde el silencio obligado. Por eso sus poemas duelen y sus novelas conmueven: porque se escriben con barro y memoria, no con lugares comunes.
En libros como ‘Afuera estaba la noche’, ‘Regresemos para que nos maten, amor’, ‘Instrucciones para matar un caballo’ (ganador del Portafolio de Estímulos de Barranquilla, 2017), ‘El gringo de la avioneta’ o ‘Los textos inútiles’, Ariza construye un territorio literario que no obedece a las rutas oficiales. Sus personajes caminan entre la sombra y la ironía; su prosa recoge el rumor de los pueblos perdidos; su poesía parece escrita en voz baja para no despertar a los fantasmas.
También ha sido parte fundamental de ‘Cuentos Felinos’, esa aventura colectiva que ya va por su décima edición y que él ha impulsado como quien siembra un jardín donde caben muchas voces. Su trabajo no solo lo define como autor, sino también como creador de comunidad.
Hoy, cuando su nombre circula en festivales, universidades y coloquios, cuesta imaginar que todo empezó en un corregimiento humilde que la guerra quiso borrar. Pero basta leer un párrafo suyo para entender que La Avianca sigue ahí, intacta en su memoria, rearmada palabra por palabra. La literatura fue, para él, la única forma posible de regresar sin exponerse, de reconstruir un hogar sobre el papel, de darle al dolor un sitio donde no lo consumiera.
La historia de Adolfo Ariza no es la del escritor exitoso. Es la del sobreviviente que convirtió su herida en un lugar habitable. La del hombre que descubrió que, cuando el país te empuja al abismo, puede ser la escritura la que te devuelva a tierra firme. Y la del poeta que aprendió a transformar el miedo en un idioma propio, capaz de alumbrar incluso en las noches más largas.
Desde que en el año 2000 su relato ‘La enredadera’ fue escogido para el volumen Cuento colombiano al borde del siglo XXI, editado por el Ministerio de Cultura, Adolfo Ariza empezó a hacerse visible como una de las voces singulares de su generación.
En 2006 encadenó reconocimientos decisivos: ganó el Primer Concurso Nacional de Poesía Julio Flórez con ‘Las cosas que me cuento mientras me desvaran el carro’; obtuvo el Premio Nacional Metropolitano de Poesía con ‘Poema inicial’; y se impuso en la X Bienal Nacional de Novela José Eustasio Rivera con ‘Afuera estaba la noche’. Dos años después obtuvo el Premio Ciudad de Santa Marta con el poemario ‘Regresemos para que nos maten, amor’.
Radicado actualmente en la capital del departamento del Atlántico, ha sido ganador en tres ocasiones del Portafolio de Estímulos del Distrito de Barranquilla, gracias al cual publicó ‘Instrucciones para matar un caballo’ (cuentos, 2017), ‘Estas son mis palabras’ (poesía, 2018) y ‘El gringo de la avioneta’ (novela, 2019). En 2018, la Universidad del Magdalena reunió sus relatos en la antología ‘Los textos inútiles’. Además, ha participado desde el inicio en la concepción y edición de ‘Cuentos Felinos’, colección que en 2025 llegó a su décima edición.

La obra publicada de Adolfo Ariza comprende:
‘Afuera estaba la noche’ (novela, Tierra de Promisión, 2006).
‘Regresemos para que nos maten, amor’ (poesía, Asociación de Escritores del Magdalena, 2008).
‘Mañana cuando encuentren mi cadáver’ (publicada inicialmente por Radio Francia Internacional, 2009).
‘Mañana cuando encuentren mi cadáver’ (edición Collage Editores, 2015).
‘Instrucciones para matar un caballo’ (cuentos, 2017).
‘Los cuentos de H y otros textos’ (cuentos, Uniediciones, 2018).
‘Estas son mis palabras’ (poesía, 2018).
‘Los textos inútiles’ (cuentos, Unimag, 2018).
Tras este breve umbral, se abre paso la conversación íntegra con Adolfo Ariza:
¿Tu vida y tu literatura nacen del desplazamiento?
En lo que respecta a la poesía, sí. A mis cuarenta años jamás había escrito un verso, al menos no de manera consciente. A esa edad escribí mi primer poema: el Poema inicial, que abre Regresemos para que nos maten, amor, libro que cuenta el desplazamiento forzado del pueblo donde nací y crecí. Hasta ese momento yo era un narrador feliz. Acababa de escribir Afuera estaba la noche, novela que dos años después ganaría el Premio Nacional de Novela José Eustasio Rivera. Una década atrás había escrito Algún día será mañana, finalista del desaparecido Premio de Novela Plaza y Janés. Ya era gallo jugado en el viejo oficio de narrar. Pero sentí que la narrativa no me daba las herramientas para contar la tragedia de mi pueblo. Entonces recurrí a la poesía, y la poesía —lo único gratis y generoso que queda en este mundo— me prestó sus buenos oficios.
¿Cómo se escribe después de haberlo perdido todo?
Primero con rabia, luego con mucho dolor. Los periodistas llaman a esto “narrar en caliente”. En literatura, a veces funciona, pero la mayoría de las veces no. Tuve que destruir todos los cuentos que escribí en esa época. Ninguno funcionó. Los reescribí años después, con mejor suerte, mirando los hechos desde otra óptica: no desde la víctima que siente que lo ha perdido todo, sino desde quien hace un alto, sonríe e intenta entender a su victimario. En realidad, ese victimario no existe: ambos son víctimas; lo que pasa es que él lo ignora.
¿Qué imágenes o sonidos de La Avianca siguen contigo, a pesar del tiempo y la distancia?
Hay una Avianca nueva ahora, habitada por otra generación. La que fue mía corresponde a mi juventud y mi niñez. Gabo decía —con razón— que la memoria es selectiva, que ensalza lo bueno y desecha lo malo. Al final todo termina siendo bueno, hasta que ocurre lo malo: ese cisne negro del que habla Nassim Taleb. Mis imágenes y sonidos van de la mano de los amigos de entonces. Algunos ya no están. Quedan las frases, la música, las parrandas, esa manera desfachatada con la que uno enfrenta la vida a esa edad. Duele que te priven de eso, más aún cuando ocurre de forma injusta y violenta. Pero, al final del día, la vida termina quitándotelo todo de un modo u otro.
En uno de tus poemas dices que “Dios hace la siesta y los poetas están dormidos”.
Faulkner decía que uno escribe porque alguna vez alguien te rompió la nariz. La escritura —narrativa o poesía— suele surgir como reacción. A veces el dolor es tan fuerte que te hace gritar, y no entiendes cómo los otros no sienten lo mismo. Yo no era poeta; nunca me he sentido poeta. Pero en ese momento sentí que alguien tenía que ocupar ese vacío. Si el dolor no encontraba un testigo, yo debía convertirme en ese testigo revelador. Por eso el poema inicial arranca con esa frase dura: describía la realidad. Dios no existía y los poetas estaban distraídos, buscando la poesía en otra parte mientras desterraban y asesinaban a los míos.
¿En qué momento entendiste que la poesía podía ser una forma de sobrevivir y no solo un oficio literario?
Entendí que la poesía, y antes la palabra, es una de las armas más antiguas que existen y que tenía el deber de usarla. Pero también comprendí después que todo esfuerzo podía ser inútil: que, aunque la blandieras como una espada, nada iba a cambiar. Todo pasa, el mundo olvida y la historia se repite. Llevamos doscientos años de vida republicana y seguimos haciendo lo mismo. Somos una serpiente que muerde su propia cola, olas rabiosas que golpean la playa y vuelven al mar.
Me contabas que destruiste muchos cuentos y una novela antes de hallar el tono para narrar el desplazamiento. ¿Qué te hizo detenerte y volver a empezar?
La novela nunca pude recuperarla. Los cuentos sí: los reescribí, y terminaron siendo Los textos inútiles, publicados por la Universidad del Magdalena en 2018. Aquellos textos habían sido escritos desde la rabia y el dolor. Tuve que dejar que pasara el tiempo y tomar distancia. En los llanos orientales circulaba una historia de paramilitares que enloquecieron porque sentían que sus víctimas reclamaban sus cuerpos y, a falta de encontrarlos, se apoderaban de los suyos. Es decir, los victimarios pasaban a ser víctimas. Los textos inútiles es la burla que hacen las víctimas de sus victimarios.
En ‘Regresemos para que nos maten’, amor y muerte se confunden. ¿Por qué ese vínculo entre ternura y violencia es tan frecuente en tu obra?
Porque ambas fuerzas conviven en el alma humana. El ser humano puede dar la caricia o el golpe, la lágrima o la herida. Ningún otro animal está hecho de tanta ternura y tanta violencia al mismo tiempo. Es inevitable preguntarse por qué ocurre. Y cuando empiezas a hacerte esas preguntas, ya estás cerca de caer en la escritura. Pero es inútil: cada pregunta trae otra más. Sería muy aburrido escribir sobre certezas. Decir que el agua calma la sed no tiene sentido. Lo interesante es descubrir de dónde viene la sed y por qué el agua, en lugar de exacerbarla, la apaga.
La violencia en Colombia suele contarse desde la denuncia o desde el periodismo. Tú la abordas desde la poesía. ¿Qué puede decir un verso que no puede una crónica?
Álvaro Cepeda Samudio lo decía: el verso cuenta la violencia desde adentro. Expone sus vísceras y te las ofrece como un banquete. If not, no es poesía; es solo periodismo. Y no lo digo por demeritarlo: los buenos cronistas descubren el truco y lo usan. Una buena crónica suele venir revestida de buena poesía, al punto de confundirse.
Tu novela ‘Mañana cuando encuentren mi cadáver’ obtuvo el Premio Internacional Juan Rulfo de Novela Corta. ¿Cómo nació ese personaje que habla desde la derrota con una voz tan lúcida?
Fue un accidente. Yo escribía una novela sobre el robo de la espada de Bolívar atribuido al M-19. Eso me obligó a investigar sobre la vida del Libertador. En esas descubrí que su edecán, Luis Perú de Lacroix —verdadero precursor del nuevo periodismo, mucho antes que Gay Talese—, se suicidó en París por no poder visitar a sus hijas en Colombia. Estaba casado con una hija de José Celestino Mutis y había caído en desgracia. Me topé con su carta de despedida y me pregunté: ¿qué pasaría con un Luis Perú de hoy?, ¿cómo sería su carta? Ahí dejé tirada la novela y me dediqué por completo a escribir esa despedida. Lo demás fue carpintería.
¿Y qué pasó con la otra novela?
Debe andar por ahí, incompleta. Nunca la terminé. Pasaron cosas: un amigo al que le pedí prestado su bar para describirlo en la novela, después de leer las primeras setenta páginas, se arrepintió. Me dijo que no podía, porque —créelo— en esa trashumancia la espada había estado un tiempo en su poder, allí mismo, en su bar.
Esa obra se publicó primero en Internet y luego en papel. ¿Qué sentiste al ver que un texto tan íntimo trascendía gracias al mundo digital?
Que el mundo sí es una aldea. Tras la publicación en Radio Francia Internacional empezaron a escribirme desde todas partes. Recuerdo una carta desde Jalisco preguntándome cómo, siendo colombiano, había descrito tan bien su ciudad. Lo mismo desde Puerto Rico, Argentina, Paraguay. Algunos para elogiarme, otros para insultarme: una lectora me escribió solo para decirme que había “insultado el lenguaje de Cervantes”. Recibí hasta mensajes en tiempo real: un profesor me escribió desde un restaurante de Nueva York; la mesera finlandesa no entendía por qué un colombiano estaba muerto de la risa sin probar su comida.
¿Crees que el escritor colombiano tiene una deuda con la memoria del país?
No lo creo. Se han hecho grandes esfuerzos. Ahí está Cien años de soledad: por no leerla, seguimos viviendo sus avatares. El problema está en los lectores. Los niveles de lectura en Colombia son bajísimos. Todos tienen una opinión, pero nadie quiere cultivarla. El cerebro es perezoso. La gente prefiere un video de treinta segundos a un libro de trescientas páginas. Y para colmo, llegó la modernidad. Como decía Darío Echandía: somos monos vestidos con sacoleva. Pasamos del oscurantismo directo a la modernidad sin un renacimiento.
En tu experiencia, ¿la literatura sana o solo ayuda a comprender el dolor?
La literatura es el encuentro del hombre con su realidad, contada —como sospechaba Jung— por el inconsciente universal. ¿Cómo sucede un verso? Nadie lo sabe. Pero sucede, y esa experiencia eleva al ser humano a la condición de creador. No hay otra actividad que lo eleve tanto.
Has transitado por poesía, cuento y novela. ¿Dónde sientes mayor libertad?
En la novela. Cuando uno escribe novela es irresponsable. Cuando he ganado algún premio, no me han faltado ganas de cambiar lo que escribí. La novela es un juego intelectual: la mente divirtiéndose. Y sí, en una novela uno puede fastidiar a los amigos. Gabo lo hizo.

Eres parte de ‘Cuentos felinos’ desde sus inicios. ¿Qué te motiva a seguir formando narradores?
‘Cuentos felinos’ nació como un experimento de cinco amigos en un bar. Nadie sabía en lo que se estaba metiendo. Luego vino la responsabilidad: ya habíamos hecho el primero y el segundo; no podíamos parar. Cada vez que queremos renunciar, surge una talanquera que nos lo impide. Los fundadores siempre buscamos un problema para dejarlo, pero ‘Cuentos felinos’ vuelve y fortalece nuestra amistad.
¿Cómo ves la literatura en Barranquilla y el Caribe?
Más fuerte que nunca. Fui jurado de un concurso de novela y quedé asombrado: de veintisiete obras, al menos la mitad merecían el primer lugar. Los jóvenes escriben mejor que nunca. En poesía ocurre igual: he leído poetas jóvenes, sobre todo mujeres, realmente extraordinarias.
¿Qué tipo de textos recomiendas a los jóvenes que empiezan a leer?
No hay un solo camino. Las preferencias se decantan con el tiempo. No es fácil leer La montaña mágica a los quince. Hay libros que deben reservarse para más adelante, cuando el disfrute es mayor. No es que un joven no pueda leer a Thomas Mann; si puede a los doce, que lo haga. Será otro libro cuando lo lea a los cuarenta, y él será otro.
¿De qué lecturas deberían huir?
De las lecturas locales que no tengan carácter universal. Pueden ser atractivas por su lenguaje cercano, pero son limitantes si se abordan como primeras lecturas, porque cercenan el espectro del lenguaje que el joven debe dominar. Funcionan para crear hábito, pero después hay que dirigirse hacia los clásicos.
En tiempos de inmediatez, ¿qué lugar queda para el silencio y la contemplación?
Bolívar escribía cartas en medio de las batallas: no esperaba a que terminara la refriega. Así es para los escritores. No puedes escoger las circunstancias; tu misión es ser testigo de tu época. Todo esto que vivimos lo hemos creado nosotros. ¿Seremos mejores o peores por haber eliminado el silencio? Lo sabremos con el tiempo.
Sueles escribir sobre personajes quebrados y marginales. ¿Alguna vez has sentido que ellos también te salvan a ti?
Tal vez lo hago porque es el sector social con el que más me identifico y al que mejor entiendo, y porque es el que más necesita que alguien le hable. Alguien tiene que decirles que están en problemas y deben ser creativos para salir. Y, literariamente, son personajes riquísimos. Ciorán decía: “Los hombres honestos no tienen biografía”.
Después de tantos premios y libros, ¿qué te impulsa a seguir escribiendo?
No sé hacer otra cosa, y es la única que hago más o menos bien. Tu pregunta debería ser al revés: ¿después de tantos libros, por qué no paras? Pues porque no sé guardar silencio. Es mi manera de decir que algo anda mal. El día que el mundo marche bien, que los humanos aprendan a vivir sin lastimarse, dejaré de escribir. Nadie escribe sobre la felicidad plena: la gente feliz no escribe.
Si pudieras regresar a La Avianca, aunque fuera en un sueño, ¿qué le dirías al muchacho que fuiste antes de la guerra?
Siempre estoy volviendo a La Avianca; no he dejado de hacerlo. En el caso hipotético que planteas, le diría al Adolfo de antes: “Hijo, quédate ahí. Un día descubrirás de lo que somos capaces los seres humanos”.
