José Luis Garcés González: la palabra que funda un territorio
José Luis Garcés González, narrador mayor del Sinú, en un instante de quietud antes de la palabra.
Por Fausto Pérez Villarreal
“Si hay un escritor que merece todos los reconocimientos, por su talento, su obra y por su gestión en pro de las letras de este país, ese es José Luis Garcés González”. Me lo dijo casi al oído el samario Álvaro Miranda —Premio Nacional de Poesía en 1982— mientras José Luis inauguraba el Festival de Literatura de Córdoba, en el segundo semestre de 2005. Miranda, con ese modo suyo de hablar en confidencia, remató: “Ese hombre ha hecho más por la literatura de lo que cualquiera imagina”.
Por entonces me desempeñaba como corresponsal del diario El Heraldo en Montería y, en el auditorio, observaba a José Luis —bigote de capitán caribe, gesto sereno, mirada que parecía tomar notas invisibles— abrir aquel encuentro con la naturalidad de quien lleva años sosteniendo la literatura sobre los hombros. Ya nos conocíamos tiempo atrás: él era columnista de la edición Caribe de El Tiempo y yo redactor de planta de ese diario, con sede en Barranquilla. Leía con sumo interés sus textos, firmados con esa procedencia tan real como enigmática: San Jerónimo de los Charcos.
Disfruté con devoción aquellas crónicas que todavía guardo en la memoria, como si fueran retazos de un viejo país que solo él sabía narrar —‘Happy’ Lora, Alejandro Durán, Pablo Flórez, El siniestro de las corralejas de Sincelejo— piezas en las que la vida y la tragedia se entrelazan, animadas por un oído fino atento al habla del habitante de nuestra región y por una puntería exacta en la elección de aquellos detalles que iluminan la condición humana.
Nacido en Montería el 28 de agosto de 1950, José Luis Garcés González es escritor, ensayista, poeta, investigador, conferenciante y, sobre todo, un tejedor de caminos para la cultura del Caribe colombiano. Fundador y orientador del Grupo El Túnel, ha sido también el motor detrás del periódico cultural del mismo nombre y del Festival de Literatura de Córdoba, espacios que han servido para que nuevas voces encuentren escenario y para que la tradición regional se renueve sin perder raíz. Ha dictado conferencias en universidades del país —Valle, Cartagena, Norte, Atlántico, Magdalena, UIS— y en la Universidad de Zaragoza, donde realizó una pasantía en 1999 dedicada a la enseñanza de literatura latinoamericana.
Su trayectoria académica incluye una licenciatura en Ciencias Sociales, un diplomado en docencia universitaria y cursos especializados de novela latinoamericana. Pero su verdadera escuela ha sido la constancia: cuatro décadas escribiendo, investigando, enseñando y dejando obra.
Y la obra es vasta. Autor de novelas, cuentos, poesía, crónicas e investigaciones, ha entregado libros fundamentales como ‘Los extraños traen mala suerte’ (1982), ‘Entre la soledad y los cuchillos’ (1985), ‘La llanura obstinada’ (1988), ‘Carmen ya iniciada’ (1988), ‘Fernández y las ferocidades del vino’ (1991), ‘Isaac’ (2000/2008), ‘Ese viejo vino oscuro’ (2005), ‘Aguacero contra los árboles’ (2007) y la reciente trilogía novelística sobre el Sinú —‘Fuga de caballos’, ‘Las espadas en receso del conde de la Quimera’ y ‘Memoria de la noche que cae’ (2013–2025)—, un proyecto que consolida su lugar como narrador mayor del territorio sinuano. A estos títulos se suman investigaciones esenciales como ‘Literatura en el Sinú’ (2000, dos tomos), ‘Manuel Zapata Olivella, caminante de la literatura y de la historia’ (2002-2025-2026), ‘Cultura y Sinuanología’ (2002) y ‘Literatura en el Caribe colombiano’ (2007).
Los reconocimientos han llegado con la misma naturalidad con la que escribe: Segundo premio Plaza & Janés (1985), Primer Premio Ciudad de Pereira (1984), Premio Javiera Carrera (Chile, 1983), Tercer Premio de Ensayo Universidad del Atlántico (1992), Segundo Premio Nacional del Libro de Cuento Ciudad de Bogotá (1991), Premio Nacional UIS de Libro de Cuento (2007), y el nombramiento como Escritor Caribe 2009 por el Observatorio del Caribe Colombiano. Además, su argumento ‘Caballo viejo’ fue adaptado como telenovela y vendido a más de veinte países, obteniendo en España el premio Onda.
Su obra ha viajado lejos: cuentos traducidos al eslovaco, francés, alemán e inglés; poesía traducida al portugués; ensayos sobre pintura traducidos al italiano. Allí donde aterriza su escritura, deja la impresión de un narrador que ama su región sin caer en el folclor fácil; un escritor que entiende la historia como respiración viva y la literatura como un oficio que exige precisión, oído, rigor y ternura.
Por eso, cuando Álvaro Miranda murmuró aquella frase en 2005, no exageraba. José Luis Garcés González no solo ha construido una obra generosa; ha ayudado a construir la casa literaria de un territorio entero. Y esa casa, gracias a él, sigue llena de voces.
Y ahora, como quien se asoma al corazón secreto de una orilla vasta, llega esta entrevista para escuchar al escritor en su propia respiración:
Álvaro Miranda fue una figura clave en la poesía colombiana y un amigo que lo admiraba profundamente. ¿Qué recuerdo literario o humano conserva de él que desearía que las nuevas generaciones no olvidaran?
Álvaro Miranda fue una gran persona y un gran poeta. Nos conocimos en Bogotá y él vino dos o tres veces a Montería. Destaco su forma sosegada de hablar y de actuar. Sus maneras, su lenguaje, su conocimiento. Su don de hombre ético y estético. Fue el primer costeño que, por obra en concurso, ganó el Premio de poesía de la Universidad de Antioquia. Nos dejó un libro fundamental para la poesía colombiana, ‘Simulacro de un reino’, en el cual, en estructura de avanzada, vierte sus propuestas históricas y lingüísticas.
A lo largo de su vida ha construido una obra vasta que abarca novela, cuento, poesía e investigación. ¿En qué momento sintió que la literatura dejó de ser una vocación y se convirtió en su destino?
Precisar un momento, no es fácil. Digamos que en 1985, cuando obtuve el segundo premio del concurso de novela Plaza y Janés, percibí que algo distinto y vocacional se instalaba en mi vida.

Después de tantos años leyendo y escribiendo sobre el Caribe, ¿cree que aún no hemos entendido el espíritu narrativo de esta región?
Con exactitud, no sé. Hay obras, en narrativa, que incluyen el planteamiento o la búsqueda de ese espíritu. Ejemplos, entre otros: ‘Respirando el verano’, ‘En noviembre llega el arzobispo’, ‘Tierra mojada’, ‘Cien años de soledad’, ‘El coronel no tiene quien le escriba’, ‘Los cortejos del diablo’. Por otro lado, tenemos que comprender que somos parecidos y distintos a la vez; y entender que no es un buen procedimiento establecer, en forma apresurada, superioridades o rivalidades.
En la crónica se menciona su manera precisa de captar el habla del Caribe. ¿Cómo ha trabajado la oralidad para evitar el folclor y conservar la profundidad literaria?
No pienso que haya que evitar el folclor, a menos que se asuma como expresión subalterna, superficial o cosa de poca valía. Creo que yo he inventado el concepto de ‘literatura montuna’, Y bajo ese concepto intento escribir las temáticas terrígenas. En mi sentir significa beber de las aguas maternas, pero expresarnos con vigencia lingüística universal. Es decir, ser locales y universales, aunque estos viejos conceptos se sigan discutiendo.
Su trilogía novelística sobre el Sinú abarca más de una década de trabajo. ¿Qué desafíos creativos y emocionales implicó cerrar ese ciclo narrativo?
Durante largo tiempo pensé en la posibilidad de la trilogía. Cuando leí a Lawrence Durrell, en su Cuarteto de Alejandría, pensé que, aunque tengamos otras circunstancias, era posible estructurar una trilogía novelística sobre la tierra en que nací. Estudié algunas estructuras de novelas, revisando el concepto de narración lineal, y empecé a escribir. Joyce, Cortázar y Eco, entre muchos otros, han acudido a la estructura fragmentaria. El primer tomo ‘Fuga de caballos’, se publicó en 2013, luego vendría ‘Las espadas en receso del Conde de la Quimera’, en 2017 y ‘Memoria de la noche que cae’, en 2025.
El Túnel ha sido semillero de autores y espacio de resistencia cultural. ¿Qué lo impulsó a sostener ese proyecto durante tantos años, incluso en épocas adversas?
Es cierto, El Túnel ha resistido adversidades, indiferencias, vendavales y subvaloraciones, pero estudiando un poco las circunstancias sociales de nuestro entorno nos dimos cuenta de que mantener un grupo que impulsara la cultura y estimulara las creaciones, era absolutamente indispensable para no bloquear nuestra vida cultural. Usando esa concepción hemos continuado publicando el periódico cultural, haciendo festivales de literatura, talleres de literatura, propiciando tertulias, convocando concursos, dándole una dinámica especial a los libros y a las propuestas culturales. Ya mucha gente de la cultura, a nivel nacional, valora positivamente nuestros aportes a la cultura. Eso no se puede negar.
Como organizador del Festival de Literatura de Córdoba, ¿qué encuentros o discusiones lo han marcado de manera especial?
Pienso que todos los festivales tienen sus apogeos y diversidades, y a ellos han concurrido poetas, profesores e investigadores de la costa Caribe, de Colombia entera y del extranjero. Hay pruebas fotográficas que demuestran esas presencias; las cuales elevaron el nivel de las exposiciones y de los planteamientos teóricos, y estos son hechos inolvidables. Cada Festival tiene su propia marca y su propia importancia.
Usted ha sido lector atento de las tragedias y esplendores del Caribe. ¿Qué papel juega la memoria en su manera de construir personajes?
Como se sabe, la memoria es la base que nos permite recordar lo vivido, lo leído, lo pensado. Sin memoria no tendríamos historia, ya lo han escrito varios teóricos. Sin historia nada o muy pocos seriamos. Para el caso nuestro, tenemos que nutrirnos de las memorias ancestrales y pretéritas, de todo ese conocimiento que fue y que en muchos casos se mantiene vigente. Y en estos pueblos las memorias son más orales que escritas. Entonces, allí, el papel del escritor sería traer al presente, con todas sus circunstancias peculiares, lo que en una época fue pasado.
A lo largo de su trayectoria ha escrito crónicas memorables. ¿Qué diferencia para usted una buena crónica de un buen cuento?
Ya sabemos que la crónica bebe de la realidad real, se nutre de hechos sucedidos y está muy vinculada con el concepto de veracidad. El cuento tiene más liberalidad de forma y de contenido. Aunque posee una normatividad, ya expresada por los maestros del género, dígase Quiroga, Onetti, Poe, Cortázar, posee las posibilidades de la imaginación, de la fantasía y de la realidad invertida.
Sus investigaciones sobre Manuel Zapata Olivella y la literatura del Sinú han sido referentes académicos. ¿Qué responsabilidad siente al trabajar la historia cultural de la región?
Hay mucho por hacer, hay mucho por descubrir, por investigar en los anales, por contrastar. He realizado algunos tanteos investigativos en literatura Caribe, en literatura del Sinú, en la antropología de la región, que se han vertido en cinco libros y que les han servido como punto de referencia a profesores y a algunos investigadores. Hay que asumir los temas y los creadores con absoluta responsabilidad.
Muchos de sus libros han recibido premios nacionales e internacionales. ¿Qué reconocimiento lo sorprendió más y por qué?
Quizá el primero y el segundo, cuando gané en el certamen de novela de la ciudad de Pereira en 1984 con Carmen ya iniciada, y cuando obtuve el segundo premio en Bogotá con mi novela ‘Entre la soledad y los cuchillos’, en 1985, en el Concurso de Plaza y Janés; otro momento importante cuando en 1986 mandé un cuento a concursar en Valparaíso (Chile), y resultó premiado como el mejor cuento de los envíos extranjeros. No pensé que tendría tanta suerte, pero la tuvo; se titula ‘La noche alta y el titilar de las estrellas’, que luego fue traducido al francés y al alemán.
Varios de sus textos han sido traducidos a otros idiomas. ¿Qué siente al imaginar a lectores eslovacos, franceses o alemanes entrando a su universo narrativo?
Sin hipocresías, es satisfactorio que un lector de otro idioma pueda asumir un texto nuestro traducido a su lengua natal. Quizá esa traducción no te dé un dinero, pero te produce una real satisfacción espiritual.
Su argumento ‘Caballo viejo’ se convirtió en una telenovela vista en más de veinte países. ¿Cómo vivió ese tránsito de la literatura a la pantalla?
La literatura, por medio de la novela ‘Entre la soledad y los cuchillos’, publicada en 1895 por Plaza y Janes, cuando fue leída por una plataforma de televisión nacional, produjo interés y fui llamado para que escribiera un argumento con el mismo sabor y parecidos personajes que expresaran un modo de ser tanto sinuano como caribeño. Creo que eso se logró.
Desde su experiencia como docente y conferencista, ¿qué ha aprendido de sus estudiantes sobre las nuevas maneras de leer?
La lectura vive o padece una atmósfera contradictoria. El libro tradicional sigue vivo y vivirá, entre otras razones, por la sensualidad del contacto físico con el papel. Una apabullante cantidad de jóvenes leen o se divierten con el celular, y algunos con el audiolibro. Y es posible que, si se acostumbren a leer y la lectura se torna en algo indispensable en su vida, den el salto al texto físico. Lo importante aquí es el verbo leer, no el instrumento en que se lee.
Usted ha sido un constructor de puentes entre generaciones de escritores. Desde su perspectiva, ¿qué falta en Colombia para fortalecer una verdadera comunidad literaria?
En primera instancia, un apoyo real, concreto y viable para los creadores. Luego, que ese apoyo teórico se traduzca en becas, pasantías y premios solidarios no solo con las obras sino con el esfuerzo individual y colectivo a los hombres y mujeres que hacen literatura de validez estética en cualquiera de sus manifestaciones. En tercera instancia, que las obras creadas no queden consignadas en el olvido, en la biblioteca escondida, en los estantes sin dueño. Que haya una entidad efectiva que organice la creación y divulgación de las obras elaboradas. Que circulen en el país y en el continente. Que se traduzcan. De resto, seguiremos en las mismas o en las peores. Ya lo sabemos, pero hay que repetirlo: el libro, solo existe cuando va a las manos y a los ojos del lector; de resto, como ya está escrito, se queda siendo una cosa entre las cosas.
Si pudiera darles un consejo a los jóvenes sobre qué autores o libros deberían leer para formarse un criterio literario sólido, ¿cuáles serían sus recomendaciones esenciales?
Es difícil, pues cada lector parece ser único y muy particular. Tiene su sicología, su egolatría y sus intereses. Se me antoja, sacando voluntad y disciplina, que los jóvenes pueden leer, entre otros, a Cervantes’, a Balzac, a Guy de Maupassant, a Borges o Ribeiro, a Neruda, a García Márquez, a Rojas Herazo, a Zapata Olivella, a Vargas Llosa, y un largo etcétera. Leer con juicio textos de calidad.

Así como hay lecturas que forman, también hay lecturas que distraen o empobrecen. ¿De qué autores, tendencias o libros deberían huir los jóvenes que quieren escribir con seriedad?
De las lecturas fáciles, banales, de finales preestablecidos, de textos que omitan la obligación de pensar. Ahora bien, si esos textos livianos son puentes para llegar a libros de mayor rigor, que se utilicen. Hay textos-metas y hay textos-puentes.
A lo largo de su trabajo ha observado los cambios en la cultura del Caribe. ¿Cómo percibe la relación actual entre literatura, territorio y nuevas tecnologías?
En la cultura hay cosas que son firmes y esenciales, y que deben permanecer, sin importar la plataforma en que se manifiesten. Por ejemplo, los valores fundamentales de la cultura terráquea deben ser estudiados y aplicados, no menospreciados diciendo que son cosas que pasaron de moda o son temas de viejos. Y se pueden utilizar para expresarlos y movilizarlos en todas las tecnologías, desde la oralidad hasta la internet.
¿Qué lugar ocupa la poesía en su vida cotidiana, incluso cuando está concentrado en la narrativa o la investigación?
Un lugar fundamental. Mi lectura obligatoria. Mi verdadera religión. Sin poesía no hay literatura, no hay arte, y como sabemos, la poesía es una múltiple expresión estética que va más allá del verso. Es una conmoción en las profundas palpitaciones del espíritu. Y esa conmoción se manifiesta tanto en el verso, como en la narrativa, en la pintura, en la música, en el teatro, en el cine, así como en otras expresiones diversas y a veces contradictorias de la vida.
Mirando hacia atrás, a aquel José Luis que comenzaba a publicar ‘Oscuras cronologías’ en 1980, ¿qué le diría hoy a ese escritor joven que aún no sabía la dimensión del camino que iba a recorrer?
Que lo entiendo, que lo aplaudo un poco, que le reconozco su resistencia, porque con cierta tenacidad ha logrado algunos objetivos estéticos.
